Apreté los dientes, apreté los puños y recuerdo haber intentado aquel día, con esos mismos puños, apretarme el corazón.
Nada me sirvió. El dolor se había hundido de tal forma que era incapaz de extraerlo.
No era un dolor físico, era distinto, de los peores, de los que atacan al alma. De los dolores que te recuerdan, continuamente, que has perdido todo lo que le daba sentido a tu vida. De los que penetran hasta lo más hondo del tejido, de los intensos, crónicos; de los que se te quedan impregnados en la piel, de los que ya no se van por mucho que sonrías. De los que juegan con hacerte perder la conciencia, de los que te hacen mezclar incredulidad, rechazo, enojo y culpa.
Hasta aquel momento había conseguido evitarlo, había conseguido rodearlo, evadirlo, pensando en otras cosas o ni siquiera pensando. Pero allí, solo, en medio de aquel lago, supe que iba a derramarme.
Solo.
Dolor.
Ausencia.
.................
Hay relaciones especiales con personas y también hay relaciones con personas especiales. No hay diferencias, ambas te dejan huella, ambas te dejan un recuerdo para toda la vida. Y en cambio otras, normalmente las más cotidianas, las más reincidentes, se quedan allí abajo, en el poso de los recuerdos.
«Nunca te olvidaré», pensé en mi interior. Y ahora sé que, después de seis años, no la he olvidado.
De: El Bolígrafo de Gel Verde (libro altamente recomendable)
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